lunes, 19 de julio de 2010

Capitulo VIII: Santo mojito

Travesia de unas ragazze en Los Roques
Mini serie de nueve capítulos, relatando las aventuras de tres licenciadas ucabistas en el paradisiaco Archipiélago de Los Roques.


Capitulo VIII: Santo mojito

Sábado 27-Marzo-2010

Regresamos de ver el atardecer, aun un poco aturdidas de tan semejante belleza. Nos bañamos a la luz de las velas, gracias al racionamiento eléctrico de nuestra calle. La cena también fue así.

Para cenar, Alda nos tenía otras delicateses. De entrada, una cremita de calabacines. De plato principal, un filete de pargo con salsa de curry y un puré de papa con trocitos de papa. Y de postre, una marquesa de chocolate. Todo acompañado de unas soleritas azules.

Acto seguido, decidimos salir a dar una vuelta por el pueblo en busca de unos tragos, donde debíamos probar la mejor piña colada de la vida y unos mojitos recomendados por la mismísima Alda.

Caminamos y caminamos. No conseguíamos el bar o la iglesia. Leyeron bien, la iglesia. Porque nos indicaron que el mejor bar del pueblo, con los mejores y mayor variedad de tragos, quedaba al lado de la capilla. Descarados que somos todos en Los Roques que no nos avergüenza beber al lado de la iglesia. Tragos benditos.

En fin, el Gran Roque tiene cuatro calles y nosotras estábamos perdidas. Muy oportuno. Preguntamos y finalmente llegamos. Para mi desgracia, no era temporada de piña y por lo tanto no estaban preparando Piña Colada. Entonces, Astrid pidió un mojito y Michi y yo pedimos daiquiris. Brindamos y comenzaron las incoherencias.

Decretamos que nuestros nombres roquenses eran Astrisky, Michisky y Anisky. Después, Michisky no perdió el tiempo y le comenzó a sacar conversación al mesonero. Éste se sentó con nosotras y nos empezó a contar historias de tiburones, delfines y ballenas cerca de las costas e islas roquenses. Historias sobre barcos atascados y aviones estrellados. E historias sobre personas perdidas durante sesiones de buceo. Nosotras fascinadas con las historias y con la simpatía del señor de sentarse a conversar con nosotras. Felices todos.

Decidimos regresar a La Rosaleda. No tuvimos problemas en llegar. No nos perdimos, pero si volvimos a tener problemas para abrir la puerta de la posada. Subimos y esa noche Michi nos salvo del frío con unas medias. ¿Quién diría?

Continuará…
Capitulo Final: Con la bemba colorada

viernes, 2 de julio de 2010

Capitulo VII: Atardecer salado

Travesia de unas ragazze en Los Roques

Mini serie de nueve capítulos, relatando las aventuras de tres licenciadas ucabistas en el paradisiaco Archipiélago de Los Roques.

Capitulo VII: Atardecer salado

Sábado 27 – Marzo – 2010
Llegamos a Espesqui. La última parada de ese día. Era como dos islas en una, que estaban unidas por un banco de agua. El sol seguía brillando alto y bronceando nuestra piel, el agua cristalina y la arena blanquita.

Al llegar, nos dimos cuenta que no habíamos almorzado y decidimos hacerlo. Ese día nos esperaba un risotto con calabacines y maíz ¡Exquisito! Mis felicitaciones a Alda por sus comidas. Nos bebimos el té y fuimos por el postre. Las chucherías siempre son bienvenidas.

Michi ya estaba enamorada de la fauna del océano, así que no pudo aguantarse más y volvió a pedir prestada la mascara de snorkel y se lanzo al mar después de comer, sin pensar en las consecuencias del bronceado culístico. Estuvo explorando la fauna y asegura que se encontró cara a cara con una anguila eléctrica o alguna especie de culebra de mar.

El sol empezaba a bajar y aprovechamos para tomar unas fotos antes de volver al peñero y al Gran Roque. Al llegar al muelle, sentí un peso encima. No sabía que mi toalla había decidido traerse toda el agua de Los Roques. Goteaba hasta el cansancio.

Con ayuda de Michi y Astrid exprimimos todas las toallas al llegar a la posada, pero ninguna le ganó a la mía. Por petición de Alda, nos comimos la piña que nos había puesto en la cava y nos obligó a ir a ver el atardecer. Fue la obligación menos forzada.

Nos encontramos de frente con un cielo tricolor. Tonos naranjas, morados, azules, rosados. Foto tras foto. Solas y acompañadas. Era sencillamente hermoso. El cielo se reflejaba sobre el agua y podías ver las siluetas de las aves y los peñeros en la costa. No teníamos nada que decirnos la una a la otra. Solo con las miradas y el paisaje frente a nosotras expresábamos más que suficiente. Tanto silencio solo podía representar admiración.

Luego volvimos a la posada y estaba algo oscura. Alda nos explicó que a esa hora a nuestra calle le tocaba racionamiento de luz por dos horas. Es que hasta en Los Roques no nos íbamos a escapar del racionamiento eléctrico. Nos bañamos y cenamos a la luz de las velas.

Continuará…
Capitulo VIII: Santo Mojito