Mini serie de nueve capítulos, relatando las aventuras de tres licenciadas ucabistas en el paradisiaco Archipiélago de Los Roques.
Foto: Michelle Vall
Capitulo III: Con la lengua afuera
Viernes 26 – Marzo – 2010
Ya estábamos en Los Roques. El sol nos empezaba a broncear y no lo sabíamos, o tal vez si lo sabíamos pero nadie decía nada. Nos hacíamos las locas. Queríamos sol extremo.
Alda nos guiaba hasta donde tomaríamos el primer peñero a la isla de Crasqui. Íbamos con nuestros bolsos playeros, las cholas y por supuesto el jugo de cranberry. Los lancheros nos ayudaron a subir al peñero junto con muchos extranjeros y sin perder el tiempo ya empezábamos a observar los posibles prospectos del Gran Roque.
Al subir, uno de los lancheros se alegra de que le hayamos llevado semejante botella de tres litros de zumo de arándanos, como el lo llamo en su encantador acento argentino (si, argentino). Tuvimos nuestro primer paseo en peñero en Los Roques y llegamos a Crasqui.
Fuimos las ultimas en bajar y otro lanchero, esta vez con acento español, nos pregunta: “¿dónde está su representante?”. A lo que respondemos: “¿qué representante? Aquí no hace falta de eso” y él aseguró que tres mujeres tan lindas no podían quedarse solas en esa isla. ¡Puntos para el español! Y eso que no les he contado lo bello que era el español. Solo le faltaba altura.
Los lancheros nos armaron nuestra zona con dos sombrillas grandes, tres sillas y la cava. Se marcharon y tomamos un momento para ver nuestro alrededor. A nuestra izquierda, una pareja de viejitos canadienses súper tiernos. A nuestra derecha, una pareja joven de italianos. Al frente, el océano mas azul turquesa, transparente y limpio que hayamos visto en nuestras vidas. Parecía agua de piscina. Suspiramos.
La curiosidad nos mataba. Abrimos la cava. Que sorpresa nos llevamos al ver todo lo que tenia dentro: un sánduche, un refrigerio frío, fruta, galletas, papitas, un te con limón, un jugo, una cerveza, una botella grande de agua y el hielo. Todo eso entraba en nuestra pequeña cava. Los ojos nos brillaban y al probar la comida, se nos hizo agua la boca. Una delicia. Queríamos contratar a Alda como cocinera de nuestros hogares.
Los extranjeros no hacían más que leer. De los viejitos lo podíamos entender, pero la pareja de jóvenes se podía demostrar más amor y cariño. Entonces, dejamos nuestras pertenencias y nos fuimos a recorrer la isla caminando. Nos llevamos una cámara y las soleras azulitas. En nuestro recorrido observamos a la fauna que nos acompañaba: guanaguanares y pelícanos, e incluso vimos una manta raya. Pero el animal que menos esperábamos encontrarnos fue un labrador negro llamado Aragon, que inmediatamente se enamoro de Michi y ella de él. Fue amor a primer ladrido.
Continuamos caminando por la isla y creamos una pieza musical, que en cualquier momento grabaremos y pondremos a sonar en todas las emisoras de radio del país. Astrid y yo compusimos un éxito merenguero al que llamamos “Con la lengua afuera”. Con una letra muy pegajosa y un ritmo extremadamente pachangoso. Hasta coreografía le inventamos, incluyendo los famosos pasos de “manitas” y “ordenando cajitas”, de Claudia y Michi respectivamente. Los podrán ver en el video musical que algún día grabaremos.
Cuando regresamos, nos metimos una vez más al mar. El agua estaba fría pero a Claudia no le importaba y se metía de una. Valiente la muchacha. Astrid se iba metiendo poco a poco, hasta conseguir sumergirse por completo. Pero Michi se limitaba al baño de vaquerita (para mayor información, favor comunicarse con ella directamente).
Luego de seis o siete horas aproximadamente, vimos como la pareja de italianos por fin se demostraban cariño. Él le acariciaba las rodillas y ella el cabello. Demasiado amor. Estábamos empalagadas. Vinieron a buscarnos. Nosotras felices de volver a ver al español y al argentino. Regresamos al Gran Roque viendo al sol caer, con tono naranja espectacular y la forma de una cachapa inmensa.
Continuara…
Capitulo IV: Mangiare tutto
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